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LOS PERROS ANTIDROGA PASAN DE LARGO JUNTO A LA DROGA

Un perro detector y su guía trabajan como un equipo de dos especies. El perro capta olores que su compañero no puede percibir. El guía decide adónde van, cuánto tiempo se quedan y qué reacción del perro cuenta como un hallazgo: una «marcación». La mayoría de las investigaciones evalúan a estos equipos por sus resultados o por rasgos fijos como la raza o el adiestramiento. Pocos estudios han observado lo que realmente ocurre durante una búsqueda.

En condiciones de prueba cómodas, los equipos certificados suelen superar el 90 %. En condiciones más realistas, el rendimiento cae. Y desde el análisis de Pfungst sobre Hans el Listo en 1911, las pistas involuntarias de los humanos son la sospecha habitual: los guías podrían estar dirigiendo a sus perros sin saberlo.

109 búsquedas bajo las cámaras

Stephan Kaufhold, Federico Rossano y sus colegas de la Universidad de California en San Diego organizaron en el campus dos pruebas de detección con jueces, en la primavera de 2025 y en la de 2026, junto con una empresa profesional de adiestramiento canino. Treinta y siete equipos profesionales de narcóticos —de la policía, de instituciones penitenciarias y de seguridad privada, la mayoría con malinois belgas— registraron cada uno tres zonas desordenadas: un solar al aire libre, un grupo de tres vehículos y una habitación interior, con entre dos y cuatro minutos por búsqueda.

Cada zona escondía dos drogas reales (metanfetamina, cocaína o heroína) y varios señuelos: salchichas, queso, galletas para perros, comida para mascotas y billetes, tanto nuevos como usados; los billetes usados suelen llevar trazas de droga. Los guías no sabían dónde estaba nada, solo que había exactamente dos objetivos. Cámaras fijas y un programa de visión artificial siguieron al perro y al guía con precisión de centímetros, y unos codificadores registraron cada gesto, cada orden y cada reacción del perro.

Vistas de cámara de las tres zonas de búsqueda, los recorridos seguidos de un perro y su guía, y un esquema de la cadena que va del objetivo escondido a la marcación del guía.

Cómo se registraba una búsqueda: los tres entornos con objetivos (estrellas) y señuelos (cuadrados), los recorridos del perro (azul) y del guía (rojo) durante una búsqueda en interior, y la cadena que va de un objetivo escondido a una marcación. — Figura 1, Kaufhold, Terwilliger, Kefer & Rossano (2026), arXiv:2610.07129.

Cerca, pero sin reacción

Los resultados son aleccionadores. Los guías hicieron 157 marcaciones, de las cuales el 41 % eran falsas. Los equipos encontraron 92 de 218 objetivos, es decir, el 42 %, y la mitad de las búsquedas contenía al menos una marcación falsa. El rendimiento variaba enormemente: cinco equipos no encontraron ninguno de sus seis objetivos, ninguno los encontró todos, y el mejor marcó su primer objetivo 7 segundos después de cruzar la línea de salida.

El hallazgo más llamativo es dónde se perdían los hallazgos. La cobertura no era el problema: los perros pasaron a menos de un metro del 92 % de los objetivos. Junto a los objetivos no encontrados se había pasado una mediana de tres veces, durante unos 8 segundos en total, no menos que junto a los que acabaron encontrándose. Tampoco es que los guías ignoraran a sus perros: marcaron 89 de los 91 objetivos que su perro había indicado.

La pérdida se producía en el encuentro. Si se trata cada pasada a menos de un metro como una prueba, un perro reaccionaba ante una droga en el 17 % de las pasadas —una de cada seis, aproximadamente— y ante un señuelo en menos del 4 %. Así que los perros distinguían claramente las drogas de los señuelos; simplemente, a menudo pasaban de largo sin responder. Solo el 4 % de los hallazgos se produjo en la primera pasada.

Gráficos que muestran la proporción de pasadas con indicación del perro junto a objetivos y señuelos, por entorno y por objeto, de la metanfetamina a la comida para gatos.

Los perros reaccionaban mucho más a menudo cerca de las drogas que cerca de los señuelos, pero aun así solo en una minoría de pasadas. — Figura 4, Kaufhold, Terwilliger, Kefer & Rossano (2026), arXiv:2610.07129.

Ni rastro de Hans el Listo

En las 1.590 pasadas sin reacción, los guías se comportaban igual cerca de las drogas que cerca de los señuelos: señalaban, gesticulaban, daban órdenes y caminaban con la misma frecuencia. Incluso gesticulaban menos antes de las marcaciones falsas que antes de las correctas. Aquí, nada sugiere que los guías dirigieran a sus perros, aunque los autores señalan que no se midieron señales más sutiles, como la mirada o la tensión de la correa, y que los jueces que observaban las búsquedas sabían dónde estaban las drogas.

Otra cosa sí cambiaba el comportamiento: el reloj. En los últimos 30 segundos, las marcaciones se triplicaban, tanto las correctas como las erróneas, y los perros reaccionaban ante los señuelos con mucha más frecuencia.

Los señuelos, no los equipos

Encontrar objetivos era un rasgo moderadamente estable de cada equipo. Las marcaciones falsas no: dependían de la búsqueda y de objetos concretos; las salchichas provocaron 19 marcaciones falsas, y los billetes usados, 17. El ritmo del equipo era la única característica de la búsqueda asociada al éxito, sobre todo dentro de un mismo equipo, algo que los autores presentan como un indicador de cómo va la búsqueda, no como un consejo para caminar más deprisa. Los malinois y los perros acostumbrados a trabajar sin correa también lo hacían mejor; la experiencia y las certificaciones del guía no predecían el éxito.

Los autores subrayan que estas cifras no son estimaciones de la precisión en el mundo real, y que 37 equipos son una muestra pequeña. Su lectura: el perro decide si responde, el guía decide dónde, cuánto tiempo y cuántas veces olfatea, y el éxito pertenece a la pareja, no a ninguno de los dos por separado.

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